El ilustrador Pablo Serafín y las utopías posibles
Esta 38º edición de la Feria del Libro dio lugar a la concreción de un proyecto que algunos padres argentinos del cómic llevan adelante desde el año pasado: el concurso Ñ de la Historieta.
La historieta es un lenguaje que, históricamente, ha tenido en Argentina numerosos exponentes que se destacaron a nivel internacional y que, con estilos y personalidades variadas, han sabido sostener la tradición de un género artístico marginal que a lo largo de los años se ha convertido en orgullo nacional en un país al que le agrada escribir su historia en cuadritos.
La Feria del Libro nunca fue ajena a la popularidad de este formato que une literatura con diferentes técnicas de dibujo y, a pesar de ser reducido, siempre le otorgó un espacio entre sus pasillos. Lejos de ser la excepción, este año se llevo a cabo la primera edición del concurso Ñ de la Historieta, organizado por las editoriales Clarín y de La Flor y apoyado por los guionistas, ilustradores y un periodista que integraron el panel de jueces. Los ganadores, anunciados en el marco de la feria, fueron el guionista Matías Santellán y el ilustrador Pablo Serafín, con la obra El Reparador de Sueños.
Un día después de que, en el marco de la Feria del Libro, se realizara la presentación formal del premio, Serafín superó los nervios de ver por primera vez el libro en papel, y estuvo listo para convertirse un nuevo exponente en la Feria del Libro. A pesar de su timidez, se dejó entrevistar para contar un poco más cómo fue el proceso de creación de esta novela gráfica en la que confluyen el placer y el desafío.
“Nunca me había dedicado tanto tiempo a un mismo trabajo, y por suerte me discipliné bastante porque los plazos eran limitados, no tuve tiempo de aburrirme”, cuenta Serafín, a quien siempre le costó asumir su gusto por el dibujo porque no le parecía lo suficientemente serio como para vivir de eso; esta fue una oportunidad que le permitió explorar su talento y su verdadera pasión.
Después de recibir la noticia del premio a principios de noviembre, viajó de General Roca, en Río Negro, a Buenos Aires para firmar junto con su colega el contrato de publicación y, aún con alegría, de repente se vio atrapado en una carrera contra reloj a la que nunca antes se había enfrentado. Es que las casi 70 páginas de Reparador de Sueños, la historia de un mecánico encargado del mantenimiento de aparatos que fabrican fantasías, debían estar listas para marzo y, aunque era la primera vez que el dúo artístico trascendía las barreras de internet y se veía cara a cara, no hubo lugar para nada más que para poner manos a la obra. Después del primer encuentro, Serafín volvió a Río Negro para dibujar, Santellán se quedó en Buenos Aires para escribir y completar la sinopsis de la obra.
Los artistas se pusieron en contacto hace más de tres años, cuando el primero le envió un mail al segundo con la propuesta de trabajar en conjunto y una idea para una historieta. Aunque nunca había hecho trabajos con un guionista profesional, Serafín decidió aceptar y probar porque le gustó el estilo de la obra: “Por el tipo de dibujo que me gusta hacer, pude imaginarme haciendo su historia: a mí me gustan los ambientes apocalípticos” afirma.
El modo de trabajar es simple: “Matías hace un resumen de la historia y después lo divide por partes, decide qué es lo que pasa en cada página y la cantidad de cuadros, con la vista que tiene cada uno”, cuenta Serafín, y confiesa que en los primeros trabajos conjuntos, se tomaba la libertad de interpretar y modificar a gusto los diagramas, sin preguntarle nada a su compañero, y que con el tiempo tuvo que aprender a ajustarse al diseño de viñetas. Ahora, lo altera sólo cuando es necesario y siempre con previo aviso. “Siento que él hace la base y me deja sueltos parches librados al azar, que son los que yo completo. Él hace y yo completo arriba, tratamos de ir para el mismo lado y enriquecernos”.
La experiencia tuvo mucho más de disfrute y placer que sacrificio para este dibujante rionegrino, que cuenta que la exigencia le gustó, porque pudo aplicar muchas cosas de su trabajo como diseñador gráfico para terminar con la tarea a tiempo. “Lo que yo hago es leer el guión y hacer un boceto rápido en una hoja común para ver la división de la historieta”. Después dibuja en una hoja grande con lápiz celeste, entinta con pincel y tinta negra, digitaliza con un scanner y lo retoca en la computadora, para terminar de limpiarlo. “Lo que más me lleva es el entintado, eran todas líneas con pincel y a mí me gustan mucho los detalles. Me tuve que enfocar y pensar dónde poner el detalle y donde no, para no matarme con todo” reconoce, porque al principio cada página le llevaba dos días y medio o tres cada una. En seguida, se le dibuja una sonrisa y comenta orgulloso que Calvi (¡Fernando Calvi!) le aseguró en una de las muchas charlas que tuvieron desde que comenzó el proyecto, que a él le gustaban más las últimas páginas que las primeras, porque encontraba que había menos ilustración pero más historieta.
Para Serafín, el galardón vale mucho más que sólo 15 mil pesos, mucho más que sólo la publicación de su obra, mucho más que sólo la oportunidad de dar a conocer su trabajo fuera del pequeño círculo al que está habituado en Río Negro. “Poder compartir un rato con (Horacio) Altuna o (Juan) Sasturain, tengo muchas cosas para aprender y si no fuera por el premio sería muy difícil acercarme” señala, y agrega que por vivir lejos, la dificultad para insertarse en el medio para él es doble. Delicias de un país en el que todo pasa primero por la Capital, y muchas veces se queda ahí.
“La historieta tuvo su época de gloria en Argentina. Cuando yo era chico mis padres leían historieta, mi hermana también, y era algo común, todo el mundo tenía historietas” recuerda el flamante autor, que cree que la época menemista, en la que cerraron muchas editoriales nacionales, fue lo peor y lo destruyó todo. Además, detecta que en la actualidad la gente se entretiene de otras maneras, y que el lenguaje de las viñetas ha pasado a ser de culto, no es tan rentable como antes y eso hace que las publicaciones disminuyan, pero él guarda las esperanzas de lograr mayor producción. “Lugar hay, no alcanza para todos los que estamos haciendo, pero se va armando. Está resurgiendo, a fuerza de laburo y dedicación de los que creemos que está bueno”, dice con esperanza.
Respecto del futuro de los libros, particularmente los de historietas, Serafín asegura que el papel nunca va a desaparecer: “Creo que va a ser algo así como la televisión y el cine, una convivencia. Siempre va a haber alguien enamorado del soporte y el objeto”. Su propio futuro es algo más definido, ya que la semana que viene, cuando acabe la feria, volverá a Río Negro con su familia para seguir con su vida de diseñador gráfico. Aunque, a partir de ahora, el mundo de la historieta tendrá, sin lugar a dudas, un espacio más real entre sus proyectos.