martes, 20 de noviembre de 2012

Llaves.

Cada vez que escucho el tintineo de un manojo de llaves cerca de mi puerta, me emociona pensar que sos vos, que venís a sorprenderme, a visitarme. Que vas a abrir la puerta, con los ojos un poco culposos por haber accedido al arranque de venir sin avisar. Serio primero, tanteando terreno; con una media sonrisa sutil después, ante mi propia carcajada feliz. Me emociona pensar que venís a abrazarme y a que nos sentemos en el sillón, a dejar que te acaricie el pelo, a contarme cómo estuvo tu día, a preguntarme por el mío, a que nos quedemos en silencio. A que nos quedemos con el otro. 
Sé que no está bueno porque excede términos, acuerdos, planes. Pero, ¿desde cuándo las ganas, las emociones, se dejan limitar por las ideas? Llega un punto en el que ponerles coto se vuelve agotador. Intentar ponerles coto pierde sentido y, para alguien que pretende el control sobre la mayoría - o todos - los aspectos de su vida, soltarlo es... Raro. Difícil. Impropio, incorrecto, incómodo. Pero confiar, entender y soltar resulta tanto más aliviador.
Entonces escucho el tintineo de un manojo de llaves, cierro los ojos y me dejo abrazar por el recuerdo de tus ojos culposos y tu gravedad, tu media sonrisa y tu distensión paulatina, tu voz profunda y tu silencio atento, relajado. Conmigo. 
Te extraño un poco más. Quizás falte un poco menos para volverte a ver. 


Vivir en planta baja. Todas las llaves del edificio pasan por la puerta. Socorro.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Freethought

El amor existe. A veces pesa, a veces flota; crece, se mantiene, se reduce, muta. El amor mueve y sostiene, asusta y paraliza. Está lleno de certezas y de dudas, de egoísmo, de orgullo, de alegrías y frustraciones, de  altruismo y condescendencia.
No se trata de creer o no, de aceptar o no, de asumir o no. 
Se trata de sentir, con la terrible noción de que  existe. Y que no por eso alcanza. 

jueves, 28 de junio de 2012

Herramientas Políticas

Los canales de noticias habían empezado desde muy temprano a transmitir el resultado de la convocatoria al paro realizado por Hugo Moyano para el día de hoy. Porque iba a ser un acto político, una manifestación masiva de obreros descontentos, de la Confederación General del Trabajo (CGT). Una protesta, un capítulo más en la pelea entre Moyano y el Gobierno, una provocación, un intento de golpe de Estado, una congregación de personas ajenas al peronismo.

Los canales de noticias habían empezado desde muy temprano a buscar algún indicio de enfrentamiento concreto: caos de tránsito, choques entre los propios manifestantes, algún transeúnte suelto que manifestara descontento, entre aquellos que pretendían realizar sus actividades diarias en las inmediaciones de la Plaza de Mayo a la que se convocaba a la marcha.

Ninguna de esas cosas sucedió, realmente. No sucedieron disturbios a la mañana temprano mientras se armaba el escenario de espaldas a la Casa Rosada, desde el cual Hugo Moyano oficiaría como único orador del acto. Ni al mediodía, cuando los primeros trabajadores que respondieron al llamado a paro empezaron a hacer ruido con sus bombos, tirar bengalas y pirotecnia, inflar pequeños dirigibles y pelotas con helio y agitar sus banderas. Ni al momento en que las columnas comenzaron a llegar al punto de encuentro, a pesar de que, en un radio aproximado de diez cuadras, los policías y gendarmes brillaban por su ausencia, en cumplimiento de la orden dada por el Gobierno el día anterior.

Ni siquiera cuando anunciaron que, a pesar de que Moyano ya estaba ahí, sobre la estructura armada en medio de la Plaza, listo para poner en palabras la protesta y el reclamo de todos los convocados, tendrían que esperar un poco más, porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner estaba en cadena nacional. “¡Tendría que hablar un poco menos y escuchar un poco más!” y un rosario de insultos, aplausos de la gente que estaba alrededor, fue la respuesta más fuerte que se generó en la muchedumbre próxima al escenario. Por alguna razón, pareció aún más evidente que la estatua de la Libertad que corona la Pirámide de Mayo, asomada por encima de los soportes que mantenían en pie el escenario, estaba de espaldas al acto. De espaldas a todo lo que allí se decía, y a lo que iba a decirse.

Un hombre que había improvisado una maraca con dos latas de galletas y una vara de metal hacía caso omiso a quienes, a su alrededor, le pedían que parase. Por toda la plaza circulaban vendedores con latas de cerveza y gaseosas, atentos a las manos que se alzaban entre los carteles para llamarlos. Donde había lugar, algunas mujeres se sentaban a hablar entre ellas, vestidas con chalecos y gorras que indicaban el gremio al que pertenecían. Una mujer mayor se abría paso para llegar más cerca de las tablas, ignorando comentarios de los trabajadores sorprendidos que se corrían al ver su delicado sombrero blanco y la pequeña vasija de metal que golpeaba con las llaves del auto. “Flor de gorila”. “Esta viene de los cacerolazos de Belgrano R.”. Las banderas se seguían agitando, los bombos seguían sonando, las bengalas seguían reventando por toda la plaza. Los que estaban ubicados enfrente del escenario hacían puntas de pie y oteaban los movimientos del jefe de camioneros. Todos esperaban lo mismo.

Pasadas las tres de la tarde, después de cantar el himno, Moyano tomó el micrófono. Y su primer descargo fue, justamente, contra los medios de comunicación y el mensaje que buscaban dar del evento, desde muy temprano. “Acá no paró la CGT, paró el Sindicato de Camioneros”, aclaró primero, y luego señaló: “Fijensé lo que hicieron todos estos días. Trataron de meter miedo a la gente”. El grupo más cercano al escenario era un solo silencio, dándole la razón. “Este es un acto pacífico y va a terminar siendo una fiesta, porque vamos a expresar lo que legítimamente nos corresponde”, zanjó el líder, y las esperanzas morbosas de los cuatro o cinco helicópteros de medios que cubrían el discurso terminaron de hundirse.

Fue curioso aquel arranque, que en principio buscaba atacar el aparato mediático estatal, pero arrastró a todos los canales de comunicación al mismo lugar. Porque, oficialistas o no, los medios habían replicado la noticia de que habría una manifestación con alarma durante toda la semana previa.

Pretendieron evocar, apoyados en el aniversario de los diez años de las muertes de los piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, las sensaciones de desorden, desamparo y falta de confianza en la política que reinaban en las marchas piqueteras de 2001 y 2002.

Buscaron un paralelo entre la reciente destitución por parte del Senado paraguayo del ex presidente de ese país, Fernando Lugo, y el nombramiento de Federico Franco en su lugar, que además fue calificada por varios países pertenecientes al Mercosur como un “Golpe de Estado”.

No fue sólo 678, ni sólo los noticieros de los canales 7 y 9, ni sólo los diarios Tiempo Argentino y Página 12 los que vincularon al camionero con la intención de derrocar a la presidenta. También fueron Clarín, La Nación, los noticieros de Telefé y Canal Trece. Y fue TN, el mismo medio por el cual, hace siete días, Hugo Moyano anunció, en una entrevista mano a mano con el periodista Marcelo Bonelli, que el 27 de junio iba a haber paro nacional y movilización a la Plaza de Mayo.

El gremio de camioneros no es la CGT, la media Plaza de Mayo que se llenó durante el discurso no es la Plaza de Mayo, ausencia policial no es caos y desorganización. Una manifestación es un acto político, pero la política no debería estar intrínsecamente ligada a la violencia, ni a los golpes bajos, ni a la aniquilación del enemigo. Cuando las cúpulas no se ponen de acuerdo, cuando los líderes se muestran rígidos, cuando se pierde el norte de llegar a un acuerdo que beneficie a todos y se empieza a pelear por el poder a otro nivel, los únicos que pagan son los que están abajo, esos a los que nunca les toca elegir, sino obedecer. Esos que escuchaban a Moyano despotricar contra la ambigüedad de los medios. Y aplaudían.

Los medios son herramientas de la política, pero no deberían ser usados como la voz oficial, porque los mecanismos que sirven a ese fin son otros. Los medios no son infalibles, no son objetivos, no son fieles al pueblo. Porque son empresas y, como tales, buscan lucrar con sus consumidores. Los políticos no deberían buscar el mismo objetivo.

La revolución no será televisada.

lunes, 25 de junio de 2012

Re-wired

Suelo aguantar más, siempre mucho más allá del punto de no-retorno. Hasta el quiebre.
¿Por qué no debería? El límite enseña. Las grietas y fisuras individualizan. Siempre me jacté de ser muy personal.
Un poco menos entera, un poco menos lúcida, un poco más despojada. De todo se vuelve, de algún modo. 
Hasta que no se vuelve más.

jueves, 24 de mayo de 2012

El vicio de la opinión pública

Hay procesos judiciales que, por involucrar la participación de una figura pública famosa, tienen una cobertura especial en los medios. El seguimiento intensivo sobre un hecho genera eco en la sociedad, que comienza a juzgar al margen de la regulación legal, por ignorancia o por creencias personales, y se deja llevar por la emotividad sobre la idea de justicia, al punto de poner en duda el sistema y su efectividad a la hora de condenar un delito. 
El caso del boxeador Rodrigo “La Hiena” Barrios es un claro ejemplo: luego de protagonizar un accidente atomovilístico del 24 enero de 2010 en el que una mujer embarazada, Yamila González, perdió la vida, el Tribunal Oral en lo Criminal de Mar del Plata decidió el pasado 4 de abril condenarlo a 4 años efectivos de reclusión en cárcel común. Barrios quedó detenido de manera preventiva en la Unidad Penal de Campana, pero, por considerar la pena demasiado leve, la familia de González decidió apelar la causa y elevarla a Tribunal de Casación Bonaerense, lo que dejó la sentencia en suspenso y le dio al detenido la oportunidad de pagar una fianza, fijada en 200 mil pesos, para acceder a la libertad condicional. 
Si bien hasta este punto todas las figuras jurídicas fueron utilizadas y ejecutadas en tiempo y forma, los medios y la opinión pública elevaron protestas y juicios de valor en contra del personaje mediático, al punto de que algunos gobiernos locales tomaron la iniciativa de considerarlo persona no grata, o impedirle ejercer su profesión de boxeador por medio de la suspensión de sus peleas. 
Como la posibilidad de libertad condicional estuvo bien otorgada, lo que resta analizar es la regulación sobre la misma. Bajo el amparo de la figura de nulla coactio sine lege Barrios posee la capacidad de conducir vehículos mientras el proceso esté abierto y la sentencia no sea firme, a pesar de que, en este caso, su culpabilidad está probada y el suspenso en la condena no cuestiona su merecimiento, sino la duración que tendrá. La situación sienta precedente para reformar el Código Procesal de la provincia de Buenos Aires, para lo cual Walter Martello presentó un proyecto que anule el principio de nulla coactio sine lege y prohíba a todos los acusados de crímenes culposos en accidentes de tránsito. 
Porque el objeto de las penas judiciales es la de reformar la conducta de aquellos que cometen un delito, la inhabilitación para conducir mientras se fija resolución sería adecuada, tanto para este fin como para prevenir futuros accidentes en los que se podría ver envuelto, en este caso, “La Hiena” Barrios, cuya imprudencia, negligencia y carácter culposo en el siniestro son probos.

Primera edición del Premio Ñ a la Historieta

La reivindicación de un género artístico popular 


El 28 de abril fue la fecha elegida para hacer el anuncio formal de ganadores en el salón Victoria Ocampo, dentro del predio de la sede de la Sociedad Rural Argentina, donde el equipo elegido y otros concursantes se presentaron ante la mesa de jueces. 

“Es una historieta que no vieron nunca antes, con una identidad de libro muy particular, y me pone muy feliz que este concurso sirva para mostrarnos a dos autores que hasta ahora no habíamos visto”, dijo el historietista Fernando Calvi durante la presentación del Premio Ñ a la Historieta, en la que lo acompañaron como jurado los ilustradores y guionistas Horacio Altuna, Juan Sasturain y Juan Carlos Kreimer, el periodista Diego Marinelli y los editores de novelas gráficas Ana María Miler y Daniel Divinski

Entre el primero de julio y el quince de octubre del año pasado, las editoriales Arte Gráfico Editorial Argentino (AGEA), responsable de las producciones del diario Clarín, y la editorial De la Flor, organizaron para artistas residentes en la Argentina un concurso de novela gráfica, junto con los reconocidos artistas del género que formaron parte del jurado que se encargó de seleccionar de entre las más de 140 piezas al equipo ganador. La obra elegida por unanimidad fue Reparador de Sueños, escrita por Matías Santellán e ilustrada por Pablo Serafín. 

El premio consistía en un la publicación de la obra en editorial De La Flor, y un incentivo económico de 15 mil pesos para proyectos futuros. Los interesados debían enviar la sinopsis de una historia, que terminada debía ocupar entre 60 y 70 páginas, y un piloto de las primeras 4 páginas dibujadas. Una vez firmado el contrato, a principios de noviembre, los ganadores tuvieron hasta marzo para presentar la obra terminada, y así llegar a imprimirla y presentarla en el marco de la 82º Feria del Libro. 

Durante la presentación formal del premio, en la que se exhibió el libro terminado por primera vez, hubo lugar para menciones especiales a otras tres propuestas: Putrefacción, de Damián Fraticelli y Ezequiel Cousero; Barras, por Emilio Utrera y La vida en otro lado, de Alejandro Farías y Marcos Vergara. 

Ana María “Cuki” Miler, editora de ediciones De La Flor, que tiene una tradición en la publicación de libros de historietas e incluso cuenta entre sus autores privilegiados al mítico Joaquín Lavado (Quino, autor de Mafalda), aseguró que el objetivo de la convocatoria fue “descubrir nuevos talentos y hacerlos conocer”, a lo que Horacio Altuna agregó la importancia de abrir puertas para darles trabajo a autores jóvenes que a quienes, muchas veces, les cuesta mucho encontrar trabajo o ser tomados en serio. 



En cualquier caso, la iniciativa permitirá, de ahora en más, que cada año se den a conocer historias, estilos, e ideas impensadas de autores escondidos que, de la mano de los padres argentinos de la historieta, podrán darse a conocer de una vez por todas. 

La mecánica de un lenguaje particular


El ilustrador Pablo Serafín y las utopías posibles
Esta 38º edición de la Feria del Libro dio lugar a la concreción de un proyecto que algunos padres argentinos del cómic llevan adelante desde el año pasado: el concurso Ñ de la Historieta.

La historieta es un lenguaje que, históricamente, ha tenido en Argentina numerosos exponentes que se destacaron a nivel internacional y que, con estilos y personalidades variadas, han sabido sostener la tradición de un género artístico marginal que a lo largo de los años se ha convertido en orgullo nacional en un país al que le agrada escribir su historia en cuadritos. 

La Feria del Libro nunca fue ajena a la popularidad de este formato que une literatura con diferentes técnicas de dibujo y, a pesar de ser reducido, siempre le otorgó un espacio entre sus pasillos. Lejos de ser la excepción, este año se llevo a cabo la primera edición del concurso Ñ de la Historieta, organizado por las editoriales Clarín y de La Flor y apoyado por los guionistas, ilustradores y un periodista que integraron el panel de jueces. Los ganadores, anunciados en el marco de la feria, fueron el guionista Matías Santellán y el ilustrador Pablo Serafín, con la obra El Reparador de Sueños

Un día después de que, en el marco de la Feria del Libro, se realizara la presentación formal del premio, Serafín superó los nervios de ver por primera vez el libro en papel, y estuvo listo para convertirse un nuevo exponente en la Feria del Libro. A pesar de su timidez, se dejó entrevistar para contar un poco más cómo fue el proceso de creación de esta novela gráfica en la que confluyen el placer y el desafío. 

“Nunca me había dedicado tanto tiempo a un mismo trabajo, y por suerte me discipliné bastante porque los plazos eran limitados, no tuve tiempo de aburrirme”, cuenta Serafín, a quien siempre le costó asumir su gusto por el dibujo porque no le parecía lo suficientemente serio como para vivir de eso; esta fue una oportunidad que le permitió explorar su talento y su verdadera pasión. 

Después de recibir la noticia del premio a principios de noviembre, viajó de General Roca, en Río Negro, a Buenos Aires para firmar junto con su colega el contrato de publicación y, aún con alegría, de repente se vio atrapado en una carrera contra reloj a la que nunca antes se había enfrentado. Es que las casi 70 páginas de Reparador de Sueños, la historia de un mecánico encargado del mantenimiento de aparatos que fabrican fantasías, debían estar listas para marzo y, aunque era la primera vez que el dúo artístico trascendía las barreras de internet y se veía cara a cara, no hubo lugar para nada más que para poner manos a la obra. Después del primer encuentro, Serafín volvió a Río Negro para dibujar, Santellán se quedó en Buenos Aires para escribir y completar la sinopsis de la obra. 

Los artistas se pusieron en contacto hace más de tres años, cuando el primero le envió un mail al segundo con la propuesta de trabajar en conjunto y una idea para una historieta. Aunque nunca había hecho trabajos con un guionista profesional, Serafín decidió aceptar y probar porque le gustó el estilo de la obra: “Por el tipo de dibujo que me gusta hacer, pude imaginarme haciendo su historia: a mí me gustan los ambientes apocalípticos” afirma.

El modo de trabajar es simple: “Matías hace un resumen de la historia y después lo divide por partes, decide qué es lo que pasa en cada página y la cantidad de cuadros, con la vista que tiene cada uno”, cuenta Serafín, y confiesa que en los primeros trabajos conjuntos, se tomaba la libertad de interpretar y modificar a gusto los diagramas, sin preguntarle nada a su compañero, y que con el tiempo tuvo que aprender a ajustarse al diseño de viñetas. Ahora, lo altera sólo cuando es necesario y siempre con previo aviso. “Siento que él hace la base y me deja sueltos parches librados al azar, que son los que yo completo. Él hace y yo completo arriba, tratamos de ir para el mismo lado y enriquecernos”

La experiencia tuvo mucho más de disfrute y placer que sacrificio para este dibujante rionegrino, que cuenta que la exigencia le gustó, porque pudo aplicar muchas cosas de su trabajo como diseñador gráfico para terminar con la tarea a tiempo. “Lo que yo hago es leer el guión y hacer un boceto rápido en una hoja común para ver la división de la historieta”. Después dibuja en una hoja grande con lápiz celeste, entinta con pincel y tinta negra, digitaliza con un scanner y lo retoca en la computadora, para terminar de limpiarlo. “Lo que más me lleva es el entintado, eran todas líneas con pincel y a mí me gustan mucho los detalles. Me tuve que enfocar y pensar dónde poner el detalle y donde no, para no matarme con todo” reconoce, porque al principio cada página le llevaba dos días y medio o tres cada una. En seguida, se le dibuja una sonrisa y comenta orgulloso que Calvi (¡Fernando Calvi!) le aseguró en una de las muchas charlas que tuvieron desde que comenzó el proyecto, que a él le gustaban más las últimas páginas que las primeras, porque encontraba que había menos ilustración pero más historieta. 

Para Serafín, el galardón vale mucho más que sólo 15 mil pesos, mucho más que sólo la publicación de su obra, mucho más que sólo la oportunidad de dar a conocer su trabajo fuera del pequeño círculo al que está habituado en Río Negro. “Poder compartir un rato con (Horacio) Altuna o (Juan) Sasturain, tengo muchas cosas para aprender y si no fuera por el premio sería muy difícil acercarme” señala, y agrega que por vivir lejos, la dificultad para insertarse en el medio para él es doble. Delicias de un país en el que todo pasa primero por la Capital, y muchas veces se queda ahí. 

“La historieta tuvo su época de gloria en Argentina. Cuando yo era chico mis padres leían historieta, mi hermana también, y era algo común, todo el mundo tenía historietas” recuerda el flamante autor, que cree que la época menemista, en la que cerraron muchas editoriales nacionales, fue lo peor y lo destruyó todo. Además, detecta que en la actualidad la gente se entretiene de otras maneras, y que el lenguaje de las viñetas ha pasado a ser de culto, no es tan rentable como antes y eso hace que las publicaciones disminuyan, pero él guarda las esperanzas de lograr mayor producción. “Lugar hay, no alcanza para todos los que estamos haciendo, pero se va armando. Está resurgiendo, a fuerza de laburo y dedicación de los que creemos que está bueno”, dice con esperanza. 

Respecto del futuro de los libros, particularmente los de historietas, Serafín asegura que el papel nunca va a desaparecer: “Creo que va a ser algo así como la televisión y el cine, una convivencia. Siempre va a haber alguien enamorado del soporte y el objeto”. Su propio futuro es algo más definido, ya que la semana que viene, cuando acabe la feria, volverá a Río Negro con su familia para seguir con su vida de diseñador gráfico. Aunque, a partir de ahora, el mundo de la historieta tendrá, sin lugar a dudas, un espacio más real entre sus proyectos.

viernes, 4 de mayo de 2012

Rosario Bléfari

Si hay algo que caracteriza a las artes audiovisuales, por definición, es que abarcan varias disciplinas en una sola pieza. Y este año, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), hizo honor a esta premisa al incluir en su programación espectáculos musicales, presentaciones de libros y talleres con la intención de que el público se llevara algo más que nuevas historias. La noche del sábado 21 de abril se llenó de rock y fiesta de la mano de la talentosa cantante y compositora Rosario Bléfari, encargada de cerrar la serie de conciertos que acompañaron las proyecciones de más de 400 películas que participaron del festival. 

A las diez y veinte de la noche, la fila de gente que esperaba para entrar al auditorio del Punto de Encuentro, ubicado en el entrepiso del Shopping Abasto, comenzó a avanzar para ir llenando la sala, donde los esperaba un escenario todavía vacío y sillas para disfrutar del espectáculo con comodidad. A la derecha de la sala, a través de los grandes ventanales que dan a la escalinata de la salida del centro comercial sobre la calle Agüero, se veían los paseantes abrigados, en una de las primeras noches frías del otoño porteño. De repente, las luces del auditorio se apagaron y algunas voces del público, hasta entonces manso y sobrio, comenzaron a pedir por Rosario que, a las diez y media, ya estaba sonriente arriba del escenario. 

Acompañada de su banda, compuesta por un baterista, una bajista y un guitarrista que hacía los coros, Bléfari saludó a todos con su usual simpatía, y sin más, comenzó el show. Unos pocos osados se acercaron al escenario para moverse a su compás; los más pacatos se limitaron a reír y cabecear desde sus sillas, pero todos quedaron igualmente hipnotizados por aquella figurita de camisa blanca, pollera a rayas finísimas y pelo en corte carré que bailaba con energía, cómoda y relajada. Melodías rockeras, divertidas, dramáticas, sinceras. El repertorio fue limpio y ecléctico, al punto de incorporar armónica, flauta dulce y xilófono de la mano de la propia cantante. Y su voz como su mejor instrumento. 

Después de un bis final a pedido del público, Rosario invitó al pie del escenario a todos los que quisieran acercarse a pedir un autógrafo, llevarse su último disco, Privilegio, o ambos. “Siempre participé en el BAFICI como espectadora”, comentó entre firma y firma, al tiempo que confesaba que, aunque le gustó mucho participar en una de las películas del festival, Verano de José Luis Torres Leiva, le resultó raro verse en la pantalla grande. “Es diferente cuando tengo que tocar, porque me pongo un poco nerviosa y ya no es lo mismo que sólo venir como una más del público. Creo que me gusta más cuando no me toca hacer nada, que me atiendan un poco”, agregó riendo. 

A pesar de sus preferencias, ojalá que de ahora en más, Rosario se anime a reconocer que no es una más, y participar del Bafici haciendo lo que mejor sabe: subirse al escenario a divertirse y divertir.

La Familia es Idioma Universal


En el mundo del séptimo arte, existen ciertas suposiciones míticas formadas alrededor del cine europeo, como aquellas que indican que sus festivales son más prestigiosos que los propios premios Oscar, a pesar de que los segundos sean más populares por su difusión mediática, que las comedias británicas son sutiles y ácidas, y por lo tanto no hacen reír a cualquiera, o que los franceses suelen ser bastante explícitos con las escenas de alto voltaje, y que eso puede incomodar a más de uno. Sería imposible confirmar que estos prejuicios sean los causantes del escaso desembarco de producciones nacidas en el viejo continente en la Argentina, pero lo cierto es que el público nacional no tiene demasiada oportunidad de verificar o desmentir semejantes sentencias, básicamente porque es muy poco lo que llega a sus salas. 

Por fortuna para todos, o al menos para los que están dispuestos a arriesgarse y participar de una propuesta audiovisual diferente, una vez al año se organiza el Bafici, y con él aparecen producciones de todas partes del mundo. Hans-Christian Schmid, por ejemplo, es un director alemán que comenzó su carrera cinematográfica a fines de la década del ochenta, y que tiene en su haber una variedad interesante de tramas que tocan temas fuertes y universales, con un equilibrio muy logrado entre la individualidad de cada personaje y la tensión general. Así y todo, Home for the Weekend (Was Bleibt en su idioma original) es el primer film con su dirección que se proyecta en salas argentinas, y pone de manifiesto lo absurdos y limitantes que son algunos prejuicios con respecto al lenguaje de las artes audiovisuales. Schmid logra retratar, con puntillosa y casi macabra fidelidad, el universo de sentimientos que aquellas personas con las que compartimos sangre, relaciones asimétricas y caótica convivencia, nos generan. 

La historia comienza con Marko, un escritor que vive en Berlín, va a visitar a sus padres Gunther y Gitte en compañía de su hijo Zowie. Jakob, hermano menor de Marko, está construyendo la casa en la que planea vivir con su novia Ella en el mismo pueblo, por lo que la familia se reunirá completa por primera vez en mucho tiempo por el fin de semana que dure la estadía del primogénito. El reencuentro transcurre con calma hasta que se reúnen a almorzar para festejar que Gunther, también escritor, se irá en un viaje de investigación para su nuevo libro, y Gitte aprovecha la ocasión para anunciar que ha dejado de tomar sus pastillas y que ha comenzado con un tratamiento de medicina alternativa. 

A partir del momento en que asoma la enfermedad, que lleva larga data y arrastra malos recuerdos, la atención de toda la familia se concentra en Gitte, a la espera de un estallido. Se van revelando detalles del pasado, recelos, deudas, regalos, entregas, sacrificios, abandonos. Gunther se siente boicoteado por su esposa, Jakob y Marko se disputan la responsabilidad, real y moral, de cuidar de ella, a Gitte la irrita que la traten como a un objeto sin voluntad, Ella intenta calmar los ánimos y parece estar siempre fuera de lugar, Zowie no participa ni quiere entender demasiado. Schmid coloca al espectador en los zapatos de cada uno de los personajes por separado y, a medida que avanza la acción, sobreviene un atropello de contradicciones entre los deseos y frustraciones propias y las colectivas a las que todos sucumben en implosiones personales, que ponen de manifiesto lo difícil que es pertenecer a un clan y hacerse cargo de ello. 

El realismo de cada escena está dado, más allá de lo empático del enfoque, en lo detallista de las interpretaciones: gestos, dudas, seriedad y compostura en el esfuerzo por reprimir la angustia y sostener la reunión, en especial por la presencia de Zowie. En todo momento hay cierta frialdad y distancia propia de los alemanes, pero que en el contexto quizás funciona, desde la perspectiva argentina, como algo natural. La banda de sonido, suave y dramática, logra conjugar la tensión entre la calma artificial y la desesperación real. El retrato de una familia atravesada por el drama, que se encarna en la madre pero es acarreado por todos los demás también. 

Si bien es cierto que los festivales de cine independiente son una lotería y que el espectador no siempre tiene la suerte de toparse con ideas bien ejecutadas, también lo es que no se puede juzgar lo que no se conoce. Vale la pena correr el riesgo de tropezar con alguna desilusión, si a la vez está la posibilidad de descubrir perspectivas de realidad como la que Schmid presenta. Después de todo, nadie puede quitar el derecho de despotricar contra alguna porquería que llegue de cualquier continente pero, en cualquier caso, siempre es más placentero hacerlo con conocimiento de causa y que, a favor o en contra, la opinión sea propia.

jueves, 29 de marzo de 2012

El Desencuentro.

Cuando era chica y pensaba en el amor, veía a dos personas cruzándose en la calle, sonriéndose mutuamente y siendo felices. Y eso era todo. 
En la escena, por regla general, la dama era bastante fea, y el caballero muy lindo. Se sobreentendía que venía a rescatarla, de algún modo. Así me sentía y esperaba que esa fuera mi suerte.
Creía de verdad que a cada persona le tocaba alguien, que para gustos se hicieron los colores, que todos merecían amor en algún momento de sus vidas, que todos lo están esperando, dando y devolviendo, todo el tiempo. 
Creía que a partir del encuentro se resolvía la vida: uno se casaba, o se juntaba, o lo que fuera, y no tenia más problemas. No tenía que buscar nada más.
Nada.

Hoy tengo días en los que me cuesta creer en el amor. En general lo hago, básicamente porque lo siento y sé que es real, pero ya no creo - y sé que no es - ni tan fácil, ni tan absoluto, ni tan resolutivo, ni tan ideal
Las personas que se cruzan en la calle siguen estando en mi cabeza como metáfora de transitar la vida, pero a la hora del encuentro, el cruce no sucede. Él mira para otro lado, ella está pensando en otra cosa, en el medio hay otra persona, un ruido los distrae, están ocupados en algo más importante que verse. 
¿Hay algo más importante que verse? ¿Hay algo más necesario? Reconocernos entre nosotros, en los ojos del otro como si fueran espejos, buscar coincidencias y compartirlas, hallar diferencias y aprender de ellas, incorporarlas o tolerarlas. 

Creo que mi problema, básicamente, es que no me encuentro en otros ojos, ni en ningún tipo de espejo. Y es terrible la sensación - o la noción - de que en mi metáfora de vida, yo no transito. 

viernes, 16 de marzo de 2012

Drive



Ryan Gosling es uno de esos actores a los que uno le reconocía la cara y no lograba relacionar con ningún papel específico – o quizás sí, pero entonces se complicaba dar con su nombre real. Y entonces llegó el año 2010, cuando el co-protagónico que compartió con Michelle Williams en Blue Valentine lo corrió un poco del espacio que años anteriores había ocupado en el cine estadounidense de bajo presupuesto para acercarlo a producciones algo más comerciales, y hasta le valió una nominación a los Globos de Oro. 

Así llegó también el 2011, que lo mostró primero en la comedia Loco y Estúpido Amor, junto a Steve Carrel y Julianne Moore, y luego en compañía del mítico George Clooney en Secretos de Estado, en un papel más serio que le otorgó cierto halo de misterio. Pero si hay algo que Drive da a entender, incluso con el estreno tardío que tuvo en Argentina, es que Gosling es un verdadero tapado. No lo conocemos. Puede hacer cualquier cosa. Y eso es tan atractivo como peligroso. 

La película, dirigida por Nicolás Winding Refn, otro extraño para el público argentino, arranca con la escena que todos esperamos si es que ya vimos el trailer: un robo en el que el protagonista, de quien nunca sabremos el nombre, es un hábil conductor que no tiene nada que ver con el delito o su organización, y que ni siquiera conoce a quienes van a cometerlo, pero coopera con la causa y maneja el auto del escape. Tensión y persecución policial que termina con Gosling libre y los dos delincuentes en una situación poco clara, aunque más adelante nos enteramos que la policía los atrapó y la pasaron bastante mal. 

Después vamos conociendo detalles de la vida del conductor: vive solo, en un departamento bastante pequeño, de día trabaja en un taller mecánico y aparentemente no tiene más amigos que su propio jefe, Shannon (interpretado por Bryan Cranston), hasta que conoce a una vecina, Irene (Carey Mulligan), que vive a dos puertas de la suya junto con su hijo de no más de seis años, Benicio. Se encariña con los dos - por momentos pareciera que menos con Irene que con el infante - y podría decirse que hasta los adopta como una familia, hasta que liberan de la cárcel al padre y marido del hogar, Standard, y ahí se empiezan a complicar un poco más las cosas. Y es que, en el medio, un negocio algo truculento en el que su jefe lo involucra con un viejo socio y una pequeña mafia del automovilismo, acaba por relacionarse a su vez con el incorregible Standard, que termina acribillado mientras intenta robar unos millones que acaban en manos del propio Gosling. 

Las escenas y efectos que vienen a continuación son espectaculares, tanto sorpresivos como truculentos, y van en un crescendo que cada vez eleva más la apuesta, tanto del lado del público como del director. Gosling se luce y se divierte, juega con muchos perfiles distintos para su personaje, en muchas escenas permanece en silencio, y en muchas otras deja aflorar las miles de sensaciones, principios y contradicciones que hierven bajo su piel. 

Un lindo detalle que termina de unir el encanto del film es la banda de sonido, pseudo ochentosa, que refuerza la sensación con Gosling de ser un desconocido de siempre. Conjuga voces femeninas suaves y letras que cuentan un poco lo que está pasado, o por lo menos lo contextualizan, con melodías crecientes, poderosas pero armónicas, que contrastan con el caos y las situaciones terribles que el conductor tiene que atravesar para defender a su familia elegida. 

A pesar de no ser el primer protagónico de Ryan, es el mejor protagónico de Ryan y, en cualquier caso, un modo de empezar a conocerlo, o bien de seguir disfrutando y rogar que su carrera vaya tan in crescendo como el suspenso asombroso con el que se pone al volante.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Se fuerza la máquina.

Hay colores y dolores tan profundos que se proyectan, en el tiempo y en el espacio. No sé dónde voy a estar dentro de tres días, pero sé que habrá luz, y sé que va a doler.  
Hay personas y enredos tan sutiles que nunca se tienen en cuenta. No sé dónde estarás ahora, ni qué cruzará por tu cabeza, pero sé que vos estás en la mía y que en algún punto no debería guardarte ahí. 
Hay momentos y palabras tan reveladoras que no se sienten porque las tapa el miedo. Saber es poder, y no sé si quiero manejar tanto, ni soltar tanto, ni confiar tanto. 
No sé si más saber hará que pueda más. Quiera más. Viva más. Quiera vivir más.

El sol vuelve a salir y a esconderse, la luna vuelve a aparecer cuando la oscuridad invade cielo y a morir con la extrema claridad. Todo se cruza en el corazón, todo late al mismo ritmo. Todo aturde, me despierta y me desvela.  

Camino un poco más opaca, un poco más dolida, un poco más sola y mucho más confundida. Nada se detiene, nunca. Nada llega en el momento que se quiere. Nada me abandona y se proyecta el color sobre el dolor, infinitos los dos. 

Mis ojos siempre bien abiertos.

lunes, 30 de enero de 2012

Es tan fácil perder la razón

La vida es un campo de batalla - nos enfrentamos día a día con problemas más o menos graves, con catástrofes y ecuaciones que se miden a corto y largo plazo. Resolvemos y pateamos, decidimos, elegimos y descartamos. Nos asociamos, abandonamos el barco cuando nuestro lado comienza a llenarse de agua.
Todos quieren caer parados; sacudirse un poco el polvo que quede en el saco, planchar las arrugas de la camisa con las manos, estirar el cuello y seguir caminando.Que el enfrentamiento siguiente los encuentre limpios, inmaculados - con la conciencia limpia para defender aquello en lo que creen, por el tiempo que puedan sostenerlo hasta volver a caer. Parados, por supuesto, y volver a empezar. Quizás con el mismo discurso, quizás con uno diferente. Pero es importante aparentar que ninguna batalla nos toca de lleno, jamás.

¿Y yo? Yo no sé pelear por lo que quiero, por la sencilla razón de que no sé qué es lo que quiero. A veces no quiero nada. A veces quiero cosas que no puedo tener. En cualquier caso, rara vez me toca ganar. Y de cada batalla, me retiro arrastrándome, deshilachada. Junto las piezas, vuelvo a acomodarlas lo mejor que puedo. A veces recompongo mi discurso, a pesar de todo. A veces lo retoco - nunca lo descarto por completo.

Pero mi conciencia está tranquila, dolida pero serena, verdaderamente inmaculada. Llevo la certeza de entregarlo todo cada vez, y la fuerza para levantarme las veces que sea necesario.

Cargo el miedo de perder, el peso de que nunca alcance. Y ahí va otro intento.

domingo, 29 de enero de 2012

Coin-operated boy.

Me dieron ganas de alguien.
Alguien que me cuide y adivine en mis silencios, se deje cuidar y acepte las sorpresas - buenas y malas - de mi poca estabilidad.
Que se divierta con mis apocalipsis y los convierta pacientemente en nuevos puntos de partida. Alguien a quien estar conmigo le enorgullezca a pesar de todo, que pueda reírse de mí y de sí mismo, de nosotros. Que no crea que puede elegir por mí, sino que quiera elegir conmigo lo que vamos a ser y hacer juntos.

No hace falta que me quiera - no creo en imposibles.

Hola. Puedo invitarte un café?

miércoles, 11 de enero de 2012

Phantom

Me gusta pensar que a la noche, antes de dormir, en tu ventana se ve la misma luna que en la mía. Blanca, redonda, suspendida en el cielo para los dos. 
Me gusta pensarte pensando. Y creer que estás conmigo aunque no puedas, aunque no quieras, aunque lo evites, porque tu marca en mí sí está. Es invisible. 
Porque es invisible, aparece en todas partes. Baila sobre mi piel, en mi memoria, acompaña los latidos de mi corazón y se desliza por mi espalda como si fuera un tobogán. Asoma en las hojas de los libros que leo, en frases y palabras que imagino que podrían gustarte, en canciones que me gustaría escuchar con tu voz. En dibujos, películas, programas de televisión, diarios, revistas, personajes, colores, esquinas de la ciudad, animales, flores, perfumes que me gustan, nubes, pedazos de cielo. Arrima con el té que tomo antes de ir a dormir, con el olor a café, con el silencio previo a quedarme dormida.  
Tu marca aparece. Y cuando no lo hace, la busco. En la luna blanca, redonda, suspendida en el cielo para acompañarme cuando no estás. Porque no podés, porque no querés, porque lo evitás. 
Pero yo lo necesito.